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Viernes, 28 de julio de 2017

La hipertensión puede causar graves problemas como infartos de miocardio o hemorragias cerebrales

toma de tensión arterial
La tensión o presión arterial es la fuerza que la sangre ejerce sobre los vasos sanguíneos y viene determinada por dos factores: la cantidad de sangre que tenemos y el grosor de las venas o arterias por la que circula.
La medida de la tensión se hace con dos valores, máxima y mínima. La primera se denomina presión sistólica, ya que representa la presión cuando el corazón expulsa sangre (sístole) y la segunda, diastólica y obtiene el valor que se da cuando el corazón se llena de sangre (diástole). Se consideran valores normales una presión máxima de 120 y mínima de 80. Hablamos de hipertensión cuando los valores superan los 140 y 90.

Problemas por falta de control
La hipertensión genera muchos y graves problemas si no está controlada, es decir, si se mantiene en el tiempo sin el control de un médico. El principal riesgo es el infarto de miocardio, pero también es el origen de trombos o roturas arteriales en el cerebro, provocando daños cerebrales. También los riñones son sensibles a este aumento de la tensión y los ojos pueden verse también afectados por roturas en su vasos sanguíneos que pueden provocar pérdida de visión.

Hay que tener en cuenta que la hipertensión no presenta síntomas que hagan acudir con preocupación al médico por sentir alguna molestia. Cuando aparecen los síntomas puede significar que la tensión excesiva está causando daños serios en el organismo, por lo que se debe consultar al médico de familia a partir de qué momento es necesario comenzar a controlar de manera periódica los niveles de tensión.

Dos tipos de hipertensión
Los médicos distinguen dos tipos de hipertensión: la primaria y la secundaria. En la primaria no hay unas causas conocidas que la provoquen, mientras que la secundaria es el resultado de otras enfermedades, como las que afectan al riñón y del sistema endocrino. Como decíamos, no siempre se conocen las causas de la hipertensión primaria, pero si se conocen factores de riesgo. Algunos no se pueden modificar, dado que se sabe que la hipertensión tiene cierta tendencia hereditaria, afecta más a los hombres que a las mujeres y suele aparecer pasados los cuarenta años, pero otras si, todas las relacionadas con los hábitos de vida: la obesidad, el alcohol, el tabaco y el estilo de vida sedentario.

Los tres pilares del tratamiento
Si el médico comprueba que hay hipertensión no se debe considerar en modo alguno una dolencia leve. Es preciso seguir al pie de la letra los consejos médicos y quizá cambiar algunos hábitos de vida. Los pilares del tratamientos serán la medicación, la dieta y el ejercicio, y los tres igual de importantes.

Por lo que se refiere a la dieta, se recomienda bajar el consumo de sal; la sal produce retención de líquidos y aumenta la tensión. Además de ser sensato al cocinar y en la mesa, no hay que olvidar que hay alimentos que tienen sal antes de cocinarlos, como las carnes preparadas con adobos o ahumadas, los pescados ahumados y secos, los moluscos, la charcutería, los quesos curados, las aceitunas y salazones, las conservas, las sopas de sobre o el pan y los biscotes con sal. Preguntar siempre al médico que alimentos hay que suprimir de la dieta, y cuáles se pueden consumir con moderación.

Importante es reducir todo lo posible el consumo de alcohol y de café, dejar de fumar y moderar la ingesta de grasas animales, y aumentar el consumo de verduras, legumbres, frutas y pescados y utilizar aceite de oliva con moderación.

El ejercicio es el segundo pilar del tratamiento. No se trata de entrenar para los juegos olímpicos, sino de encontrar una actividad física que guste, adecuada a cada situación y en la que hay que ser constante. Media hora de ejercicio suave dos o tres veces por semana suele ser suficiente. El médico aconsejará cuál puede ser el ejercicio más conveniente. En cuanto a la medicación, es siempre individualizado. El médico valora todos los factores que afectan a la salud antes de recetarlo, por lo que nunca se debe cambiar o dejar sin consultarlo.
 

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