Recogemos aquí los testimonios y las vivencias que nos han aportado pacientes que han vivido su proceso de cáncer, cómo lo han superado y cómo han afrontado todas las dificultades, manteniendo la confianza en cuantos tratamientos y terapias les han ido proponiendo los profesionales sanitarios, y con la esperanza de conseguir la curación y superar esta etapa.
Mi nombre es Mª Carmen, quiero dirigir estas líneas a toda mujer que este pasando por la misma experiencia que viví yo hace 15 años.
En Mayo de 1994, fui diagnosticada de cáncer de mama, ese mes y los que le siguieron fueron los más duros de mi vida. Cuando me informaron de mi enfermedad, el mundo se me vino encima, viví una etapa de rebelión pues no aceptaba lo que me estaba pasando. Me decía Dios mío"¿Por qué a mí, por qué....? Fue muy impactante cuando el cirujano me informó que tenia que realizarme una mastectomía bilateral, me quede... sólo Dios sabe cómo. Sin fuerzas para hablar, pegada al sillón donde estaba sentada, lloré con el cirujano y mi sobrina que me acompañaba en esos momentos.
Me seguía repitiendo ¿Por qué a mí? Mi vida rota como se rompe la rama de un árbol. Así de golpe y brutalmente la vida me zarandeó. Pasó la cirugía y el tiempo de hospitalización que fue traumático para mí.
Etapa de aceptación y menos rebelión. Pasé al servicio de oncología. Iba asustada, acobardada, hundida, insegura. En el servicio de oncología, poco a poco empecé a tener fe y confianza en los profesionales de la medicina. Os digo a todas que esto es muy importante, fe y confianza en nuestros médicos y tendremos mucho ganado.
El tratamiento con quimioterapia no fue muy agresivo, lo toleré bastante bien,"mi obsesión que era mi pelo, no se cayó", mis revisiones y controles fueron muy favorables con unos resultados excelentes, no tuve edemas linfáticos.
Al tener las revisiones a más largo plazo sentí una sensación muy extraña, púes iba a emprender una nueva vida, sin tanta protección ni vigilancia medica" como el niño cuando empieza a caminar". Me refugié en mi familia, su apoyo fue constante, siempre les agradeceré todo lo que hicieron y lo que sufrieron por mí..
El tiempo iba pasando y todo bien, yo seguía con fe y confianza en los profesionales. Alguna vez pensé en la reconstrucción que me podía hacer pero lo descarté al ser mi operación bilateral necesitaría de varias intervenciones y además sin saber los resultados de las mismas.
Después de un año de baja laboral, me incorpore a mi trabajo. Al principio me costo volver a la normalidad con mis compañeros. Mis amigos de verdad siempre estuvieron ahí a mi lado. Los que no lo fueron me dieron la espalda. Por esto también sufrí por mí, pude comprobar que por el mundo hay gente sin tacto ni delicadeza. Como dije anteriormente, mi vida rota. En lo relacionado a mi vida afectiva, desde este episodio puse una barrera a cualquier relación de pareja por temor a ser rechazada y que me hicieran daño.
Mi situación actual: estoy contenta. Tengo amigos, más vida social que antes, tengo un trabajo que me gusta, una familia maravillosa. Tengo todo mi tiempo ocupado haciendo cosas y emprendiendo otras, os digo a todas que después de todo soy FELIZ, que esto pasa. Yo sigo con mis revisiones rutinarias y no pierdo ni la fe ni la confianza, os digo que confiéis en vuestros médicos y la ciencia medica que ellos ponen a nuestro servicio para curarnos.
Yo le doy gracias a Dios y a mi Santo protector S.A.P. No sé si estas líneas os ayudarán, mi intención ha sido esa. Lo mío fue muy fuerte pero salí adelante. No dejéis de luchar.
Con cariño,
María del Carmen H.
Madrid, 24 Octubre 2009.
Parece que esto se acaba. Se acaba por fin. Todo apunta de que ya me darán la carta de libertad, libertad condicionada pero al fin y al cabo libertad, aunque condicionada a que en un futuro próximo no aparezcan análisis extraños. Pero por lo menos ya se ha acabado esa tremenda rutina de análisis, chute de quimio, análisis, chute, PET, análisis, chute, etc. Por fin parece que podemos reiniciar una actividad digamos normal. Ahora que acaba todo se me pide que intente recordar, recordar qué sentí, qué viví, cómo me encontraba. Y la verdad es que resulta francamente complicado, no solamente recordar, inclusive en los momentos en los que están sucediendo las cosas es muy difícil precisar que siente uno.
Todo suele estar presidido por la eterna pregunta de para qué sirve esto, o dicho de otro modo, ¿servirá esto para algo? Pero vamos a intentar recordar, recordar cómo empezó todo
¿Y cómo empezó? Pues en mi caso, caso único como el de todos y cada uno, y no extrapolable, pese a que siempre podamos encontrar analogía, empezó de una forma anodina, perdiendo peso, una pequeña febrícula, empezó una vez más no haciendo caso a mi cuerpo. No le quise escuchar, me hablaba y no le escuchaba. Los hombres actuales, o al menos yo, estamos empeñados en creer que somos otras cosas distintas a nuestros cuerpos, como si nuestra cabeza fuera por un lado, llena de afanes, sueños, esperanza, narcisismo. Y por otro lado discurriera un cuerpo más o menos agraciado, saludable, el cual tiene la obligación de estar a tono con tan brillante cabeza. Y ahí tenía yo a mi pobre cuerpo diciendo aquí pasa algo y a mi cabeza con su afán de llegar a fin de mes, dominar un determinado asunto, gestionar adecuadamente mi trabajo, etc., etc. Pero el cuerpo seguía manifestándose y cada vez con mas intensidad. La pequeña fiebre fue a más, el adelgazamiento fue a más. Y así paulatinamente, con los meses, apareció el primer ganglio hinchado. Y a partir de ahí todo es correr. Correr a hacerte unas pruebas en las que el que te las hacía, por la razón que fuera, no podía o no quería correr. Correr a ver los resultados, correr a ver un especialista y en mi caso que por suerte o por desgracia no es el caso de los demás, como uno tiene amigos conseguí que le vieran antes y que le diagnosticaran antes de que los resultados de las pruebas estuvieran sobre la mesa. Esto supone, en mi caso, que alguien va y te dice que tienes un cáncer de pulmón. Y lo dice por una vil analítica de sangre y porque llevas fumando 30 años de tu vida.
El diagnostico lo recibí entre anonadado y consternado. Anonadado, por supuesto una vez más, eso que llamamos cerebro que como su nombre indica va a su bola, pensando que a su cuerpo, es decir la otra entidad, le está pasando algo. Y el otro, el cuerpo, está absolutamente consternado. Pasadas las horas, tan ilustre cabeza se da cuenta de que forma parte del mismo lote. Y por tanto, de que a los dos, les acaban de dar una muy mala noticia.
A partir de ese momento suceden decenas de llamadas, comentarios, charlas con amigos, los cuales todos conocen casos semejantes y en cualquier caso, todos tienen una nota en común: todos acabaron bien. Además no hay que precipitarse, el diagnostico puede ser un error, no ser correcto. Y si no lo fuera, seguro que todo acabaría ahí. La cuestión es que cuando ya pasado el primer y segundo día, uno empieza a analizar el mensaje radical que ha recibido. El mensaje radical que ha recibido tiene mucho que ver con la muerte. Mucho es decir poco: tiene que ver con la muerte. Con una muerte que una vez más los ciudadanos de este siglo están empeñados en creer que es un suceso que no va con ellos, que va con otros, cuando no nos queremos dar cuenta de que es el fin natural de eso que llamamos vida, y que es eso lo que nos define como seres humanos. Es decir seres bajitos, pequeños, contingentes, finitos…etc. Pero que en cualquier caso, solo hay una cosa clara en nuestra vida y es nuestro momento. A partir de ese momento, no se otras personas, pero yo quise maldecir la vida. Maldecirla en el sentido de prepararme psicológicamente para pensar eso, que es un fin natural, y que en el fondo, algún día hay que irse y que en el fondo esta vida tampoco es como para tirar cohetes, y que cuando uno se muere, el que menos siente su muerte es uno mismo. En busca de una ayuda intelectual que soportara ese intento uno apela a los autores que maldicen la vida. Apela a Schopenhauer, Celine, etc. Y tras días de lectura te das cuenta de que tú, es decir, yo, no tengo ningún derecho a maldecir la vida. Y no tengo ningún derecho porque nací en un espacio y en un tiempo en el cual afortunadamente para mí nunca supe lo que era tener hambre, nunca supe lo que era no saber donde iba a dormir mañana, siempre quise y fui querido, por mis padres, mi mujer, mis hijos, por mis amigos. La verdad es que en ese momento sentí y pensé que había disfrutado razonablemente de la vida, y que razonablemente había sido todo lo feliz que se podía ser. Sin grandes aravacas, sin grandes festines, pero razonadamente feliz.
Y llore
No soy llorón, pero llore. Porque sentía no poder volver a ver a mis hijos, a mi mujer. A sentir su calor, su cariño, sus bromas. Efectivamente llore. Lloré tranquilamente, mansamente, resignadamente. Yo que no soy (no era) de lagrima fácil me encontré llorando. Aún así, lo que tenía claro, y desde un primer momento hice saber al oncólogo que no quería era ser un juguete de la tecnología. Si tenía lo que habían dicho que tenía, no había que intentar prolongar lo improlongable. No había que perder la dignidad de las personas. Eso lo tenía muy claro desde el principio.
Posteriormente los acontecimientos se precipitan a nivel de diagnostico. Lo que me habían dicho que era, al final no lo era. ¡VENGA ALEGRÍA!. Posteriormente, se confirma que si bien no era el tumor inicial se trataba de una enfermedad de las calificadas raras cuya solución, en un principio, era un tratamiento oncológico. Era como si fuera un linfoma, o un quasilinfoma, y las escasas pruebas realizadas en el mundo, eran mediante aplicar un tratamiento como el de un linfoma.
Una vez ya determinado el marco de juego, se inician los procedimientos de la quimioterapia. Procedo a ello, y una vez más iban dos personas a ello, el cuerpo doliente y la cabeza, expectante de lo que va a pasar. Te das cuentas de que todas las perspectivas, en mi caso, se cumplen pero al revés de lo que tienes previstos. Todo lo que te habían dicho que iba a suceder, esperas que suceda inmediatamente. Y lo que sucede es prácticamente nada al principio. Ni se cae el pelo a la primera, ni las uñas...Ni nada. Ni siquiera síntomas de mal cuerpo en mi caso. Simplemente la pesadez de tener clavada una aguja durante casi 7 horas irrumpiendo líquidos de todos los colores. La cabeza en ese momento pasa de un pensamiento a otro, de una cosa profunda a otra frívola, miras el mástil con todos los colgajos allí puestos, ves los líquidos naranjas, amarillos, blancos…te los tratas de imaginar esparciéndose por todo tu cuerpo, pero en realidad este primer chute es el mas expectante. Atiendes a todo lo que te dicen, ves a un ejército de médicos y enfermeros consagrados a ti, hasta tal punto que llegas a pensar que solo trabajan para ello. Que no eres un objeto estandarizado (que en realidad lo eres, pero son lo suficientemente buenos profesionales para no demostrarlo).
El peor momento mental es cuando te dan la lista de todas las medicaciones que tienes que tomar una vez terminado el chute. Te vas a casa con una lista de medicaciones a tomar en mañana, tarde, noche, lunes, martes, miércoles...un variado, en el que te das cuenta de que estas rodeado de gente que le da al coco y es capaz de hacer una planilla para que no te equivoques. En ese momento te vienen a la cabeza como serán los tratamientos de las personas, normalmente mayores de edad, que con dificultad saben qué hora es y cuando han de tomarse la pastilla, como es posible que sean capaces de tomar las cosas, de poder ingerir 13 pastillas en un día, a distintas horas, con un orden determinado. Lo cierto es que te sientes como una especia de bomba química andante.
Una vez hecho el primer tratamiento, afortunadamente, todo se rutiniza. Cada 10 días un análisis. A los otros 10 otro análisis y un chute. Análisis, chute, análisis, chute, y de vez en cuando un PET, para ver cómo van las cosas. ¿Qué las cosas parece que van bien? Pues mas análisis, mas chute, más análisis, más chute. Oyes al resto de personan como cuentan las mismas experiencias. Pero lo cierto es que esta rutina juega a favor del enfermo porque va naturalizando su situación, va comprendiendo que ha entrado en un periodo de su vida del cual espera salir tarde o temprano, pero ya no le llama la atención lo que está sucediendo. Observa con naturalidad a ese ejercito de vencidos cada vez que va a los análisis, todos con la cabeza libre de objetos, o mejor dicho con alguno puesto que la mayoría carecen de pelo. Observas a gente joven con bastón, o en silla de ruedas, debido a que sus huesos han quedado débiles o afectados tras el tratamiento. En cualquier caso, un ejército doliente bastante más humano que el que te encontrabas todos los días en el metro de camino a la oficina, porque allí está la humanidad en su esplendor. En el esplendor de su contingencia, en el esplendor de su límite, en el esplendor del cariño, de la ternura en el trato, de la compasión de unos hacia otros. Efectivamente siempre hay uno que saca los pies del tiesto, que mantiene una conversación en voz alta en el móvil, una conversación sin sentido (o tu lo ves así) puesto que carece de sentido abroncar a alguien por no mandar ese correo electrónico en el momento acordado. Tus estas allí para cosas mucho más importantes: estas para vivir o para morir. Es tan fácil decirlo como difícil imaginarlo, salvo todos y cada uno de los que están metidos en el tema.
Pero no solo lo saben los de la humanidad doliente. También lo saben los miembros de ese ejército blanco que te rodea. Y te das cuenta de que lo saben cuando entras en un despacho del que acaban de salir unos padres llorosos, y ves al médico todavía acongojado de la noticia que ha tenido que dar, que tú no tienes ni la menor idea de cuál ha sido pero la conoces perfectamente.
Los días se suceden. El tiempo se mide por ciclos y por análisis. Una decena no son 10 días. Es el periodo que va entre el chute y la analítica. La segunda decena tampoco son 10 días, es el periodo del análisis al chute. Tres meses no son un trimestre, es el periodo que va de un PET a otro. Y así sucesivamente, mientras pasan las semanas, los meses, incluso los años. Para algunos, los que hemos tenido esa suerte de que hayan pasado también los años. Sabes perfectamente que alguno de los compañeros que te rodearon durante el tratamiento no los volverás a ver. Incluso oyes algún comentario. Es verdad que cuando te sientas con alguna de esas personas, esa quimio que no te sentaba tan mal al principio, va haciendo su efecto semana a semana, y las últimas te sientan fatal. No puedes jugar a ser la victima mayor del mundo, porque justo el de al lado está hecho puré. Y sin que él lo sepa, lo compadeces. Lo compadeces porque te compadeces a ti mismo, porque es lo que tienes en común con todos los demás.
Pero finalmente todo esto se acaba, y un buen día llegas y te dan de alta. Un alta relativa. Seguirás haciéndote pruebas, análisis, mientras vivas. Pero en cualquier caso, estas aquí. Pero ya no serás el mismo. Igual que el pelo que te sale no es el mismo que el que se te cayo, tu no podrás llegar a ser el mismo. Porque eres más humano. Más inteligente. Has completado otra jerarquía de valores, pero no de valores abstractos, sino de valores operativos, de las cosas cotidianas, lo más importante.
No por eso haces de cada instante un momento transcendental y profundo, no, no es necesaria tanta profundidad. Simplemente intentas disfrutar de un momento al sol, tomando una cerveza con tu mujer o comiendo con tus hijos y tu familia y riéndote de vez en cuando, y recordando lo bien que se portaron tus amigos, y recordando lo que has pasado, que en realidad no lo recuerdas como paso, porque en el fondo estas reescribiendo la historia, esa historia que jamás veras objetivamente, y que cada vez que la recuerdes, la reescribirás.
LUIS C.
Para cualquier sugerencia sobre la información que se ofrece en este servicio contactar con: orco@salud.madrid.org