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Cristián Plana, encargado de esta adaptación para dos intérpretes de Historia de un jabalí (o algo de Ricardo III), es un director chileno muy vinculado al Teatro Stabile di Napoli y caracterizado por construir una relación intensa con el público en todos sus montajes. Su trayectoria internacional incluye obras como Castigo y Paso del Norte, ambas premiadas por el Círculo de Críticos de Chile.
Gabriel Calderón, destacada figura en las artes escénicas de Uruguay, ha creado y colaborado en más de 25 producciones. Como dramaturgo ha escrito más de 20 títulos. Algunos de ellos son Mi muñequita (La farsa), por el que recibió el Premio Florencia de la Asociación de Críticos Teatrales de Uruguay (2004), Mi pequeño mundo porno (2011) y Tal vez la vida sea ridícula (2016), ambos reconocidos con el Premio Nacional de Literatura uruguayo.
Ambos ponen en pie esta pieza en la que dos actores se enfrentan al reto de encarnar a Ricardo III, el monarca despiadado de la tragedia de Shakespeare. Los dos llevan toda su vida interpretando papeles secundarios y los dos se creen merecedores de algo mejor. Pero durante la construcción del personaje, movidos por un ego desproporcionado, las afinidades entre los actores y el rey empiezan a aflorar.
De esta manera, se sitúa en una pequeña compañía de teatro un conflicto político de finales del siglo XV: el sangriento ascenso al poder de Ricardo III.
Según avanza la relación entre actores, personaje y público, se traza un espacio para la reflexión sobre los límites de la ambición humana, los mecanismos de poder contemporáneos, el deseo y el resentimiento.